Pedías a gritos que deseabas mi cama, aunque el motivo no era un “porque sí”. Te ofrecí la cuna de la luna, para que te meciera mientras tú cantabas, pero ya estabas allí. Sin pensármelo dos veces escalé hasta las estrellas, para observarte desde cerca y no sintieras frío, que formaba parte de tu desvarío que quemaba como el rojo fuego. Los planetas te miraban, y tú parecías cansada, ya de estar allí, de un salto bajaste a la tierra, sin recordar que mi sitio ya no estaba allí. Saliste de aquel mundo, bohemio y soñador, para cambiar por rutinas, todo el amor que nunca te di.

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