viernes, 4 de diciembre de 2009

No hay dos sin tres







Amaneció, y era el amanecer perfecto justo para ese día, y nunca mejor dicho la Luna se dejaba ver en la mañana, entre las nubes, mientras poco a poco iba desapareciendo. Fue culpa del sol, ya ni las mil trampas que le puse funcionaron, y salió. Empezó siendo un día frío para los que caminamos descalza por la vida, pero con las manos calientes por si tu cuerpo necesita caricias. Me dijiste que me querías en un par de ocasiones, yo ya no sabía si creer las mentiras, pues ya no sé distinguir cuando mientes, diciendome la verdad. La cara oculta de la Luna te miraba confusa mientras te hacías la dormida, pero yo sabía que estabas despierta aunque se me ocurrió el mejor beso, para probocar tu desvelo. No sé si fue por la situación, por la ropa que cada vez estorbaba más, pero en cuanto cerremos los ojos supimos que era. Me alegró saber que aún había cosas que nos las explicábamos sin palabras y que aún encajaban los polos opuestos de la vida, que están siempre tan lejos, pero que nunca se olvidan. Lo recordaré como un buen rato, porque los relojes volvieron a pararse, no le hicimos caso al tiempo y los dedos temblaron al entrelazarse. Creía que sería diferente, no lo debí planear, pues lo que ama un corazón inerte se debe callar. Cuando la noche ya cayó y las estrellas ya dormían, tú te ibas despidiendo, mientras yo quería pensar que me engañabas cuando lo hacías. De vuelta a casa, le eché una carrera a nuestra amiga Luna; ella se apostaba que si ganaba: yo te olvidaría. A la mañana siguiente no recordaba que el sol no existía, ni el cielo, ni las nubes, ni a nuestra amiga, que veía cada día. Me dolía la cabeza y arrugaba la frente, no sabía porque razón explicar sentía un hueco sin motor de vida: mi corazón a viajar se había ido. ¿Su única parada? La Luna, con una nota en mi cuarto y un posdata que decía: “Si tu te rindes, yo me elevo. La revancha voy a buscar, porque en este juego, solo me conformo con ganar”

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