Olvidaré todo lo que vino siendo ayer. Esta vez sí es verdad. A partir de hoy reinaré cada poro de tu cuerpo. En la realidad de mis sueños. Cada día. (Cada noche) Deslizaré mis labios, por donde marquen los dedos. Saciaré el deseo, y resistiré para verte estallar. Abrirás los ojos como persianas, dejándome ver la luz que impulsa mi sosiego; la verdadera realidad. Despertar, y que llueva.
Cuando la tormenta pase te darás cuenta de que no ha servido de nada llorar. Las lágrimas se han disfrazado con las gotas, y están muy lejos ya. El sol se ausentó durante mucho tiempo, para averiguar y después dictarte el comienzo, de una nueva y esperada primavera, que se acerca. Algo inconcebible se aproxima. El fruto de tanta paciencia florecerá. Huirá la palabra miedo, y dejará de atacar. Sentirás una satisfacción inconfesable, y tu risa resaltará. Sí, incluso más que aquella vez creíste estremecerte, pero que al fin y al cabo no era verdad. Justo dos días después de tu alegría, el Sr. Reloj se presentará en tu puerta, entregándote las llaves del tiempo, y rogando tu perdón. Jamás se portó bien contigo, ¿verdad? En ese momento demostrarás tu sobrada capacidad para perdonar. Aunque la rabia seguirá intacta, acto seguido la puerta tapiarás. Más tarde, el señorito, avergonzado, traerá el verdadero infinito de la mano, como obsequio para toda la eternidad. La eternidad durará un segundo; el tiempo que tarde todo en volverse a helar.
Esto también ocurrirá. De nuevo, a rastras, llegará el invierno. Para meditar. Para igualar el pensamiento.
(El cascabel y el gnomo observan cada año la misma procesión. Poco a poco se van poniendo de acuerdo, con la mente y mi corazón. Uno canta lo que siente, otro calla y miente. Cada vez harán menos en concreto, y todo en general. Guiados por una espiral que aumenta enredando reciprocidad.)

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