Hoy el cielo será del color que yo quiera. Lo acariciaré con la yema de mis dedos, poco a poco, e irá cogiendo tono. Puedo equivocarme, debería hacerlo. Escoger mal a drede el color y mezclarlo. Diluirlo en agua; y después ahogarlo ya que puedo. Ya rectificaré más tarde o quizás, luego.
Cuando ya quiera darme cuenta, volver a tintarlo; más sano; más blanco, opaco… Que no duela. Y a empezar de nuevo. Tratando de reescribir entonces, la historia. Teniendo en cuenta el mirar de las nubes, para que no se conmuevan. Y me obliguen entonces, de nuevo, a empaparme como ayer, culpando a las gotas y deshacerme de la capucha para que mi rostro sienta la incesante tormenta en mi piel. Primero los parpados: seducidos por la idea de pestañear, con la excusa de disfrazar las lágrimas en lluvia. Después mis labios: reprimidos y encerrados para no susurrar tu nombre, y que lo lejos, los tuyos me correspondan.
Se me había caído el pincel, estaba soñando. Sé que no volveré a llorar por despertar y no verte a mi lado. Desde que sé que el cielo sí es azul, reconozco el no haberte nunca necesitado.
(Hola...)
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