jueves, 30 de diciembre de 2010

Un abrigo más, otro menos

Cuando miraba al cielo, Casiopea me ayudaba al norte. A veces hubo nubes, muchas nubes, pero las ganas de llorar nunca regaron sus geranios. Guardaba en frascos, vasos, copas: sonrisas con burbujas, que más tarde tenían efecto hacia mí. Creí durante una larga temporada que me sobraban esas sonrisas, pero ya ves, también se evaporan y llueven en mi tejado. Ese, lleno de piedras que ya pesaba, así que eché a volar hacia el norte de nuevo. Azules me llamaron, estelas me siguieron.
En este trance, nada más y nada menos que de 365 días, he respirado mucho aire limpio y no cobré al destilarlo. Llovieron propuestas, aprendí con más ganas, buscaba una superación; y la encontré, o quizás no, a veces suelo mentir. Las espirales me observaron, cada una de ellas, y comentaban, yo me iba yendo, y descontaban uno a uno todos mis deseos. Deseos, que tuve, algunos que aún tengo, pero aprendí por más de uno que no es sano el egoísmo.
Me casé en otra tierra, con la lluvia y sus calles, andaba y crecían los detalles, nuevas sensaciones degusté. Hubiera parado el tiempo, me hubiera quedado allí toda una vida, para la siguiente, seguir viviendo allí. Nada es comparable al pasear buscando charcos, con la escusa de reflejarnos, agarrada a ti. Me crecía al pisarlos, al hacerlo el reflejo se volvía a recomponer. No fue un sueño, si hay algo más real que eso, aún está por venir.
Pasaron unos meses, una larga temporada resumida en cuatro días, creí enamorarme mil veces de la misma persona. Creí sentenciarme con nuestros simulacros de besos, y sus caricias, que quemaron mi casa, ya en llamas. No le guardo rencor, a pesar de todo, siempre será un tesoro guardado en aquella roca, pero como buen pirata clásico, he perdido el mapa y jamás lo encontraré.
Las señales persistían, nunca se fueron, y por una vez los deseos de un alguien nuevo me nacieron al sentir. Una flor brotó en mi ausencia, se enredó bajo mis tierras, alargando su raíz. No me daba cuenta, yo seguía cantando, sin saber que iba entrando, que sin quererlo la empecé a amar. Me enseñó muchas palabras, para luego arrebatarlas en significado, tantas oraciones ya no tienen casa desde que te las digo a ti… Y me enfado, sin sentido, contra menos te digo, más te quiero decir, pero es que ya nada basta y me niego en la subasta, si tu corazón me pertenece a mí.
El viento tuvo su jugada, peones, caballos y reyes movieron en su tabla. Por muy lejos que parezca que están las piezas que completan este suelo bailamos juntos, felices y dichosos en un mismo tablero. Jaque mate este año, con sonrisas he ganado, me llamaron de otra tierra hablando de una botella con mi nombre: - He leído su mensaje. Ahora puedo entrar en otra escala pintando una respuesta, apostando cinco a uno por un sí.
A todo esto, una banda sonora con olas de mar, estrellas creyentes, y la sirena desde el fondo vigilando, conociendo que siempre fui, a pesar de los días amargos. Escamas poblaron siempre mis historias, las que tienen sentido si se escuchan en otra lengua, las que se leen y escriben en hojas lilas y tinta azul. Las que solo se pueden entender si las encuentras tú, que coleccionas botellas, y que cada una de ellas, es un mar a nuestro favor. Contigo, manzanas, detalles, el cielo, los martes, tu pelo, lunares, tu cuello, universos, ventanas, reciprocidad, las escamas, detalles, semanas, los martes, espejos; conservar(te) por supuesto.


Con un gran sabor de boca despido el año, y la esperanza de que este que entra, llegue a estar a la altura, porque tantos detalles son difíciles de superar.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Bienvenida a una flor

Tú y yo respirando en nuestro mundo, cuando el resto del universo sigue su curso. El frío este invierno nos contempla diferente, tiene el defecto de no helarnos encajadas cuerpo a cuerpo. Los cristales envueltos en vapor de la más alta habitación de tu figura, se dibujan corazones sin pedirme permiso, estos corretean hasta el balcón de tus pupilas cuando te decides al mirar. No dejas de hacerlo. No dejas de mirarme. ¿A caso puedo culparte? Si mi pecado es el mismo, más no voy a cambiarlo. Tus conjuros se han hecho un hueco entre mis historias, esas que siempre te acabo contando, esas que siempre quieres que explique. Y el final es el mismo: no hay final. Ahora me pides que no llore… Que mis lágrimas traen sequía a tus racimos. ¿Porqué no iba a llorar, si por vez primera lo hago de alegría?