Yo no lo sabía, pero alimentaba mis peces en mis ausencias. Se encargaba de bajar la ventanilla, para que el aire se volviese a reconstruir, y me hacia un gesto. Desataba mis nudos, hacia que volviese a enfadarme conmigo, ¿con quién si no? Y yo lo sabía, lo bueno, es que yo lo sabía, lo supe todo el tiempo. Y me dejé. Me dejé hasta que el desierto me vino pequeño, o grande quizás, qué importa. Por eso ahora decido mojarme, lanzarme al mar en pleno ciclo. Nunca nos gustaron los marineros de agua dulce.
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